Expone la doctorante Andrea Isaluna Torres la “violencia epistémica”, el descrédito y la deslegitimación de determinadas voces, el silenciamiento y la exclusión
Las relaciones de poder y las desigualdades de género también atraviesan la producción del conocimiento científico y pueden determinar qué voces son reconocidas, qué temas se consideran legítimos y quiénes deben demostrar constantemente la validez de sus conocimientos dentro de los espacios académicos, planteó la doctorante en Estudios Contemporáneos: Política, Territorio y Sociedad, Andrea Isaluna Torres Álvarez.
Durante su participación en la mesa “Violencias desde la voz de la comunidad estudiantil universitaria”, del simposio “El feminismo en las instituciones de Educación Superior: entre las batallas y simulaciones”, Torres Álvarez reflexionó sobre la violencia epistémica y las desigualdades que inciden en el reconocimiento de las mujeres como productoras de conocimiento.
En su exposición, explicó que las universidades suelen concebirse como espacios neutrales dedicados a la búsqueda del conocimiento; sin embargo, desde las epistemologías feministas se ha cuestionado esta idea al advertir que la academia también está atravesada por condiciones de género, clase, raza, jerarquías y relaciones de poder.
A partir de los planteamientos de la filósofa Miranda Fricker, señaló que la injusticia epistémica ocurre cuando una persona es perjudicada en su condición de sujeto de conocimiento, al desacreditar o deslegitimar su capacidad para conocer, interpretar su realidad o comunicar aquello que sabe.
“Hablar de violencias y de injusticias epistémicas implica preguntarnos quién puede conocer, a quién creemos, quién es citado, quién es escuchado y qué experiencias sí consideramos como conocimiento”, señaló.
Torres Álvarez sostuvo que la violencia epistémica también está presente en los espacios universitarios y advirtió que no se limita a situaciones individuales entre docentes y estudiantes, sino que puede reproducirse de manera estructural en la vida académica.
Explicó que puede manifestarse mediante el descrédito y la deslegitimación de determinadas voces, la jerarquización de conocimientos y metodologías, el silenciamiento y la exclusión de experiencias consideradas poco relevantes o no dignas de investigación.
Al respecto, Torres Álvarez cuestionó por qué temas como las cuerpas, la menstruación, los cuidados, las maternidades y las violencias han tenido que justificar su pertinencia científica dentro de la academia. Este cuestionamiento, señaló, también alcanza a quienes los investigan, pues cuando las mujeres abordan realidades que atraviesan sus propias experiencias, su trabajo puede ser considerado sesgado, mientras que rara vez se pone en discusión el androcentrismo presente en las investigaciones tradicionales.
La doctorante precisó que no toda crítica o revisión académica constituye violencia epistémica, pues el debate, la evaluación y el rigor son indispensables para la producción científica. El problema, explicó, surge cuando existen patrones y relaciones de poder que generan condiciones desiguales para reconocer y legitimar determinadas voces, conocimientos y temas de investigación.
Como parte de su intervención, Torres Álvarez compartió su propia experiencia como economista e investigadora de la pobreza menstrual, línea que comenzó a desarrollar durante sus estudios de maestría y que actualmente continúa en el doctorado mediante el análisis de esta problemática entre mujeres privadas de la libertad.
Relató que durante su trayectoria académica vivió prácticas que identificó como violencia epistémica al tener que justificar reiteradamente la pertinencia de estudiar la menstruación desde la economía y defender su abordaje como un problema económico, social, político y de derechos humanos, frente a concepciones que históricamente lo han relegado a los ámbitos íntimo, corporal, femenino y privado.
“Mi experiencia me ha llevado a preguntarme no solamente qué investigamos, sino qué temas tienen que justificar constantemente su derecho a ser investigados”, puntualizó.
Frente a estas prácticas, Torres Álvarez planteó la resistencia epistemológica como una respuesta colectiva ante la deslegitimación de voces y saberes de las mujeres. “De la violencia epistémica surge la resistencia epistemológica; si la primera intenta deslegitimar nuestras voces, nuestros saberes y nuestra autoridad para conocer, resistir también significa disputar colectivamente quién tiene derecho a producir conocimiento”, afirmó.
En este sentido, destacó que resistir implica continuar investigando temas históricamente desacreditados, reconocer y citar las aportaciones de mujeres, así como construir redes entre alumnas, maestras e investigadoras.
Finalmente, sostuvo que esta resistencia también implica abrir camino a nuevas generaciones dentro de las instituciones de educación superior. “Resistimos cuando abrimos espacio para las que vienen detrás, para que otras estudiantes no tengan que demostrar una y otra vez que sus preguntas, sus temas y sus conocimientos merecen estar en la universidad”, concluyó.
