Opinión
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Alejandro García/ ]Efemérides y saldos[

“¡Dios! Está en un extraño proceso, se acuerda y menciona los detalles del pasado, pero olvida lo que me dice ahora”, se dice repetidamente Nelson.

Ya hace rato que él comenzó a notar los acelerados cambios de ánimo y de conducta de Alonso Peralta, el mismo que tuvo la ocurrencia de llevar los hechos sangrientos al plano de la ficción…

Juan Gerardo Sampedro

Hay un mundo paralelo. No otro, no inédito, sólo adyacente al nuestro. Desafocado, ligeramente chueco; ése es el universo de Juan Gerardo Sampedro. En él todo es sabiduría de la forma, hábil estratagema de la contención. De ahí que lo que leemos parezca perfecto —aún más: fácil— debido al esmero y al cuidado de trabajar los textos.

Pedro Ángel Palou

Cuaderno Alzhéimer (México, 2017, B, 193 pp.) de Juan Gerardo Sampedro se acerca a una dura etapa de la vida de Alonso Peralta, periodista en retiro por obligación. Sucede que ha empezado a tener olvidos, ha perdido el olfato y el gusto, y según su doctor, J. Galindo, neurólogo y criminalista, es apenas el principio. El diagnóstico es Alzhéimer. Hacia 1977 Alonso llegó a “El Portal” a colaborar con su columna “El día de los hechos”. Desde allí consolidó un oficio periodístico aplicado a la nota roja. Podríamos decir que la llevó “a la altura del arte”. No sólo la sacó del chisme y del mero morbo y la dotó de una perfección formal, para empezar una impecable redacción, sino que también fue construyendo un método de elaboración de los hechos a partir de la ficción. Traicionó lo más evidente para encontrar el camino para que el lector viera de manera diferente la violencia cotidiana y en crecimiento y para abordar los elementos ocultos tan a menudo en esos escabrosos acontecimientos y que suelen relacionarse con figuras de poder o poner en evidencia la pobreza y ruindad en la aplicación de la ley.

No lograba cambiar las cosas pero “la supremacía de la imaginación rompe las barreras de la injusticia”.

Los lectores fieles a Sampedro (Zacatecas, 1955) podrán recordar, o bien ir en busca de, lo que podría ser otra etapa de la vida de Alonso Peralta: Ojos de entonces (México, 2004, Nueva Imagen) narrada por él mismo (en el objeto de estas líneas hay un narrador omnisciente). El libro es una magnífica travesía por la infancia en la ciudad de Zacatecas y su salto, en los umbrales de su juventud, a Puebla, casado con Lorena y ya con su hijo Nelson. En ambos libros se confiesa que su nombre es Juan Gerardo y que azares y golpes del destino lo llevaron a Alonso Peralta, quien llegó a la ciudad nueva con estudios por correspondencia de detective privado (sin culminación) y de retrato hablado (culminados). Ambas actividades le servirán de mucho a la hora de romper lanzas por el periodismo. También podrá el lector encontrar nexos con su libro Nudos (México, 2007, Universidad de las Américas), muestra excelentísima de relatos puntiagudos y por lo menos desasosegantes y mantener un diálogo con “Rojo es la neurosis”, mencionada en Cuaderno Alzhéimer. Se puede discutir sobre el grado de la ficción y de la realidad en ambas realidades textuales y redimensionar la figura de Alonso. Claro que puede uno sólo con la lectura de Cuaderno Alzhéimer y entretenerse con sus propuestas, ricas y complejas.

De modo que Alonso ha amanecido intranquilo y su hijo Nelson considera que debe ser revisado por su médico. Como en toda la narrativa de Juan Gerardo Sampedro hay una atmósfera que nunca se despeja. La repetición, el empezar para uno cuando es una situación reiterada para el otro, la desconfianza ante la respuesta de Alonso, dan la primera marca de que algo se patina, como si el disco duro de la computadora no lograra arrancar. Por ejemplo, al llegar al consultorio, casi en abandono, porque Galindo ahora se dedica a la investigación forense, Alonso señala que el médico no tiene una secretaria que los reciba a atienda. Eso se repetirá varias veces e irá incidiendo en su menosprecio por el médico, también amigo, primero como autoridad y luego como posible cómplice de una mujer que hace años cometió asesinato serial y ahora ha sido protegida por Galindo para que le realicen una cirugía plástica en el rostro, de manera que así asegure su impunidad. Lo mismo sucede cuando se refiere al Pastor, la actual pareja de Lorena, su ex mujer, madre de Nelson.

Galindo le pide a Nelson que no lo pierda de vista, pero Norma, la esposa, no está de acuerdo en tenerlo en la casa. Le estorba y le preocupa que quiera influir en el nieto, Bruno, a quien le está pidiendo ficciones, a su modo, a partir de noticias de la sección roja. Nelson también es periodista, heredó la plaza de Alonso, pero no su brillantez ni su originalidad. Eso sí, trata a su padre con sabio afecto, dentro de un mundo donde ni las reglas ni el mundo de arribismo total lo han derrotado. Alonso tiene dos jornadas en que se escapa de la vigilancia. La primera es una tarde-noche-madrugada que inicia con café y termina con cervezas. Sólo que va sin dinero, quien atiende ya no lo conoce, el contertulio que llega junto a él bebe y se va sin pagar, aunque había prometido liquidar el consumo total. Termina en la oficina de policía y hasta allí llega Nelson a pagar los daños. La segunda es la aparición de Alonso en un pequeño hospital de mala muerte, con una escandalosa herida. Después de enterará de que en la bruma de la borrachera ha sido Alonso el que le ha pedido a su compañero de parranda, Amado, que le peque. Gustoso, el invitado lo ha hecho sin guardarse algo.

  Sobre Alonso ha caído la anormalidad. La burla del “Pastor”, por ser clérigo de una iglesia cristina, o más bien por ser relegado por la esposa por este espécimen, se convierte en signo de sos para los demás, como vuelco de la conducta, que en realidad no ha variado tanto. Nelson lo examina y coteja lo que ve con lo que le ha dicho J. Galindo. Alonso duda entre ir a un lugar o a otro, se interpone al paso de los otros, propone actividades sin mucho sentido de la utilidad, bebe aunque le está prohibido y habla y escribe de cosas que a la gente o no le interesan o no quiere oír.

En un primer momento de la lectura recuerdo el libro de Julian Jaynes El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral al que recurro de manera frecuente cuando un libro de creación literaria, sobre decir que como éste, se me empieza a escapar de las dimensiones ordinarias y exige otros filtros o consideraciones teóricas. Jaynes habla de un gran salto que hace posible la conexión de los hemisferios cerebrales y con ello la aparición de la conciencia. Con ello también liquida, en parte, la presencia de voces sobrenaturales que tienen qué dictar el camino concreto del hombre (adiós Homero que recurre a la musa para que cante la furia de Aquiles). El autor le asigna cinco características a la tal conciencia: espacialización, extracción selectiva, “Yo” análogo, metáfora “me”, narrativización y conciliación. Contrario al sentido de conciencia como algo pesado y difícil de manejar, ésta es un instrumento para ubicarnos y operar en el mundo, resolver problemas, desentrañar lo desconocido y lo amenazante: se está en un lugar y en un tiempo, se selecciona lo que necesitamos para lo que tenemos enfrente, nos introducimos en situaciones reales como personajes, a veces desdoblados; aún más, escapamos de la situación y nos imaginamos antes o después, en situaciones diversas y en combinaciones posibles o imposibles. Damos coherencia a todo con una historia y conciliamos las partes en el afán de resolver el problema o llevarlo a donde queramos, si somos amantes de administrar conflictos. El gran constructor de todo esto es el lenguaje y una gran favorecedora de la conciencia es la literatura, como mundo alterno.

En Cuaderno Alzhéimer la primera reacción es que Alonso Peralta ha perdido el sentido del espacio y del tiempo. Por lo tanto, poco importa lo demás. ¿Qué se puede hacer si el inicio de los procesos está dañado? Alonso no recuerda lo inmediato. Cuando Lorena lo va a visitar alude a la consulta con el doctor Galindo y él dice que hace tiempo que no lo ve, cuando los lectores hemos sido testigos de la larga espera, durante la tarde del día anterior. Así que lo demás se cae como efecto dominó: ¿cómo selecciona si no recuerda? Se patina. ¿Cómo vive o imagina el yo de este momento ante la dificultad? No es capaz de saber lo que le sucede, aunque el pasado empieza a crecer, pero de una manera que se convierte en la conjura de unos malosos en favor del crimen. Nelson batalla para construir el relato, pero Alonso está ajeno, confunde a Galindo, o lo transforma, hace surgir en todas partes a la asesina Marcia. No hay manera de conciliar, porque no hay problema para Alonso y por lo tanto no tiene solución.

Pero Alonso tiene un as bajo la manga: escribe, escribe bien, ha hecho de la nota roja una pieza literaria; es decir, la creación de una realidad autónoma. Siempre estorbó, porque no debía escarbar demasiado en los crímenes que “inventaba”, ahora estorba, pero su condición de enfermo lo hace presa fácil de su nuera, una mujer asustada porque teme le pase lo mismo, no ya a su marido, que no tiene remedio, sino a Bruno, el más pequeño en la sucesión. Hay dos documentos que se han podido salvar de la basura a la que fueron condenados por Lorena en una de sus crisis alcohólicas, en ellos Alonso da cabal cuenta de su conciencia como periodista. También está “Fragmentario”, un bello texto de 2009 en que va escribiendo el golpe de la realidad sobre un hombre sencillo que responde con su saber y con lo que hace mejor: escribir. Allí Alonso se escapa del olvido o por lo menos puede dejar memoria, en el momento en que empieza a perderla. ¿Cuál es la solución para un hombre que es invadido en su cerebro por el olvido? Primero defender su “yo”, después tratar de mantener el vínculo solidario con otros hombres. Como autor: dejarnos la certeza de que poco importa el daño cerebral o la enfermedad mental, mientras el mismo cerebro encuentre caminos de actuación y virilidad. Alonso ve la violencia, la impunidad, la realidad invertida cuando una niña pasa varios días perdido en la orilla de un colchón, a pesar de peritajes y sabuesos, y los responsables de aplicar la ley son beneficiados a los dos años con la presidencia de la República. ¿Para eso es que recordamos?

El otro elemento fundamental es el “Cuaderno Alzhéimer” donde Nelson escribe las impresiones sobre su padre, al margen y sobre las dificultades situacionales, los obstáculos. Nelson emprende el mismo camino, donde el estilo encarna en vida.

Siempre me han deslumbrado los cuentos y novelas de Juan Gerardo Sampedro, a veces desde una flema que bien podía ir desde Simenon hasta Onetti, que lo convertían en un raro tono en la literatura mexicana. Creo que aquí está su novela de madurez, o el inicio de todo un ciclo de madurez, en el que los parecidos se van convirtiendo en referencias anecdóticas.

En una de los párrafos de “Fragmentario” escribe Alonso: “Creo en lo que cita Emerson de un manuscrito de Balzac: ‘La mirada, la voz, la respiración y la actitud o el paso son idénticos. No obstante, como no le ha sido dado al hombre el poder de estar en guardia a la vez sobre estas cuatro expresiones simultáneas y diferentes de sus pensamientos, observad la que dice la verdad y conoceréis al hombre completo’ Una enseñanza de mps más entonces para conducirme en el mundo” .Creo que Juan Gerardo Sampedro lo ha conseguido sin despeinarse mucho.

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