Opinión
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Nathaniel Hawthorne1]Efemérides y saldos[/Alejandro García

Desde entonces, jamás dejó de lucir sobre su pecho. Pero a lo largo de la vida de Hester, con el transcurso de años de trabajo, de meditación y entrega, la letra escarlata dejó de ser un estigma que atraía el repudio y el desprecio del mundo, para convertirse en un emblema de algo que inspiraba pena y se contemplaba con asombro, pero también con respeto.

Nathaniel Hawthorne

Los críticos hablaron en reiteradas ocasiones de la ambigüedad de Nathaniel Hawthorne. Ahora, décadas después, este término posiblemente no parezca adecuado. Nuestro Hawthorne es un ejemplo no tanto de ambigüedad, como de paradoja y de profunda contradicción: un recluso público, que proclama abierta e incluso  socialmente su propio aislamiento y su alienación —un rebelde moderado, a la vez moderado con las beaterías literarias y sociales de su época, y un demoledor irónico de esas beaterías.

Michael Davitt Bell 

"La letra escarlata" de Nathaniel Hawthorne apareció en 1850; la primera edición en febrero, la segunda en marzo o abril. La obra fue un fenómeno de lectura, aunque esto no se reflejara en los bolsillos de su autor. En 2017 la obra ha sido publicada por Sexto piso (Madrid, 269 pp.), en pasta dura, con ilustraciones de Alberto López Corcuera y traducción de Paula Kuffer. Las ilustraciones son manchas de colores (cada uno corresponde a un personaje) que semejan pájaros, pero el resultado es abstracto. Además de unas palabras del ilustrador, contiene el prólogo del autor, fechado el 30 de marzo de 1850, una introducción del autor, 23 capítulos con la obra en sí y el 24, denominado “Conclusión”, más apegado a la historia que a la intervención inicial de quien la novela escribe.

   La parte introductoria nos habla del origen de la anécdota y del espacio en que se desarrolla en gran parte. Se trata del puerto de Salem, pocos kilómetros al norte de Boston, hará más de dos siglos, en el XVII, cuando llegó a tener una grandeza, así fuera por temporadas, contrastante con la decadencia actual. El narrador es un Jefe de Aduanas que en la planta alta del edificio encuentra unos documentos y una letra finamente bordada. En los documentos, otro Jefe de Aduanas habla de la vida de Hester Prynne, una mujer que portó durante buena parte de su vida la “A” o letra escarlata, por disposición de las autoridades y para ejemplo a los pobladores. Después no dice cómo ese material embrionario y disperso fue unido por él y convertido en historia y en libro. El autor-narrador tiene un profundo afecto por Salem, lo que no le impide verlo con ojos severos, pues el conflicto de la mujer muestra una parte de una sociedad que acaso se autoinmoló al adherirse a la causa del puritanismo más ciego y llevó a seres que pudieron ser excepcionales al sometimiento y a la muerte.

   Durante mucho tiempo esta parte de la novela se ha hecho a un lado, ya que lo que ha predominado es la historia de la mujer con la “A” de adúltera y las relaciones que la llevaron a tal estado. Ese personaje que vigila, que observa con atención y que interpreta el estado del alma de los individuos y de su sociedad, pasa a segundo término o desaparece por el afán de degustar la historia. Pero, a través de la escritura, ese individuo piensa en la realización o en el vacío que la sociedad impone. Una realización pasada por la convencionalidad y el respeto de dogmas que ocultan la violencia y el cambio necesario, indetenible. Ese individuo escribe y resalta la importancia de dos víctimas: una mujer que se acuesta con un clérigo, mientras su esposo se encuentra desaparecido y un prometedor pastor que tiene seducida a su grey, pues sin alterar sus creencias, abre ventanas a las que habrán de asomarse quieran o no. Pero él cae en la seducción y seduce. Y con ello contribuirá a la perdición de una esposa.

   El elemento discursivo de "La letra escarlata" es obvio y en las versiones ligeras de la literatura decimonónica son un elemento subsidiario. A partir de la reconsideración del discurso en el siglo XX y en lo que va del XXI, adquiere otra relevancia y lleva a múltiples interpretaciones y vivencias de la lectura. Es innegable desde allí el paralelismo del narrador con Ahab, un personaje atravesado por el agravio y por el rencor y por la culpa. Y que tras la ballena blanca. Aquí el narrador va tras la historia y la escribe y la inscribe además en la historia de su ciudad y de su propio estado íntimo. Hay una voz grave en el escritor, pero no a la manera de los puritanos que tiemblan ante cualquier placer, sino precisamente en su contrapunto: a lo que lleva la censura, la autocensura y la interpretación de una Escritura que es producto del hombre y no de una divinidad que ha desparecido. Claro, no todos lo saben. Claro, hay otras luchas por emprender antes que empezar por esas grandes batallas.

   Así que esas páginas (37 en esta edición) dan un equilibrio a la obra, de manera que historia y discurso se complementan. La libertad del hombre es posible, siempre y cuando puedan escapar de los designios represores. No se trata de una libertad a ultranza, se trata de una manipulación que coarta desde la raíz la libertad del hombre.

   Esto no quiere decir que la historia sea irrelevante. Al contrario, también nos lleva a caminos insospechados, a preguntas sugerentes. Hester Prynne es una bordadora o tejedora extraordinaria. Su marido, hombre de saber, la ha enviado como adelantada a Salem. Mas él no llega, se dice que se lo pudo tragar la tempestad en el mar. Hester se prenda de la calidad de la palabra del Reverendo Arthur Dimmesdale. También le gusta su apostura. Es bello el hombre. Es bella la mujer. La atracción no podrá detener las prohibiciones que sobre un amor así o sobre un contacto carnal así, pesan. Ella, porque es de otro, él porque no puede irrumpir en ese vínculo y porque además debe predicar la moralidad imperante con el ejemplo. De la transgresión nace Pearl Prynne. Desde la notoriedad del embarazo la ley aprieta. Cuando el producto infernal llega, se requiere con más exigencia el nombre del responsable. Hester calla, Arthur duda sobre lo que debe hacer. El juicio se da, también la condena. La cárcel. Cuando ha pagado su culpa con tiempo de encierro y proscripción, aparece el marido, Chillingworth, quien no quiere aparecer como engañado, aunque sí desea saber quién fue su profanador (de él, ella no le importa). Obliga a Hester a callar su regreso y empieza a actuar como médico de la comunidad. Las cualidades relevantes de la condenada empiezan a mediar un poco su culpa o por lo menos la percepción de diabólica que le da la comunidad. Entonces podrá salir siempre y cuando haga confesión de su culpa en el patíbulo, ante el pueblo entero y porte a partir de allí y de entonces una letra “A” de color escarlata. Ella sabe que lo acontecido fue por amor y por devoción a un hombre que vale la pena, pero ahora, además de su conciencia de que el grupo le cobra, se sabe perseguida por su marido y sabe que Arthur Dimmesdale corre peligro.

   Una de las partes esenciales de la novela se da cuando el reverendo, a media noche, va al patíbulo, sube y revive el momento en que Hester hizo su confesión y su propósito de enmienda. Eso le produce un gran gemido que los vigilantes del pueblo escuchan y prenden sus luces para tratar de ubicarlo. No lo consiguen. Al día siguiente, sube al patíbulo con Hester y Pearl, pero sólo por un momento y cuando la niña le pregunta si lo haría en público, le contesta que no. La ley de las atracciones lleva a Chillingworth y a Dimmesdale a convivir en el mismo alojamiento. El estado nervioso y titubeante del pastor lleva al marido a sospechar. En una revisión médica, por una marca en el cuerpo, la sospecha se torna certeza. Ahora es una cacería directa.

   ¡El delito es para los hombres con nervios de acero, que son capaces de soportarlo en silencio o, en el caso de que oprima demasiado, descargar toda su fuerza salvaje y feroz por una buena causa y librarse de él de inmediato! Pero este espíritu tan frágil y sensible no podía hacer ni lo uno ni lo otro, sino que iba constantemente de un extremo a otro, lo cual hacía que se enrederan en la misma maraña, la agonía de la culpa que desafiaba a los cielos y un arrepentimiento que resultaba inútil.

   La otra parte que es decisiva, el nudo de la novela, se da en el bosque. Allí se encuentran los amantes, con la cercana presencia de la niña que establece una buena empatía con la naturaleza. Deciden escapar a otra parte. Esperar un barco que los lleve en clandestinidad. Ella lo propone con decisión, él lo acepta como una salida, porque de otra manera perecerán, real o simbólicamente, en la ciudad de su culpa. Piensa que podrá decir su sermón antes de la toma del nuevo gobernador. La señora Hibbins, quien después será quemada por bruja, le comenta que sabe de sus idas al bosque y de la supuesta visita que ha realizado, sugiriendo que sabe el verdadero encuentro que ha sostenido dentro de sus territorios.

   Si tu espíritu se inclina a esa vocación, sé el maestro y el apóstol de los pieles rojas. O, si se adapta más a tu naturaleza, sé un sabio y un erudito entre los más sabios y renombrados hombres del mundo de las letras. ¡Predica! ¡Actúa! ¡Haz cualquier cosa excepto echarte al suelo y dejarte morir!

   Y así sucede, se da el desfile, la gente asiste al acto de cambio de autoridades, pero antes escuchan al Reverendo. El capitán de un barco que pronto zarpará le dice a Hester que ha sido apartado su lugar y el de su hija, pero que tendrá que compartir el camarote con Chillingworth. Así que ha sido descubierta. Poco después el mismo capitán le manda mensaje a la mujer, con su hija, diciendo que podrá irse con quien ella decida, que Chillingworth se lo ha dicho. Sabe que de cualquiera manera es una trampa. Sin embargo, lo más grave es que Dimmesdale duda, está en un estado de excitación casi patológico. Y en un momento sube al patíbulo y se declara culpable. Chillingworth también sube y lo llama a la cordura, que no se delate. Por suerte, el delirio del pastor no menciona nombres. Y muere.

   La historia concluye con la partida de las dos mujeres, con la noticia de que el marido murió, lejos de ella, les dejó una abundante herencia, la niña creció y pudo casarse lejos de los garfios de Salem. Años después, Hester regresó a la ciudad y portó con gallardía la “A” que muchos se preguntaban cuál era el significado. Ciudad que vive, que aguanta las agresiones entre sus habitantes, que padece su decadencia, puede presumir que junto a la puerta del penal se mantiene vivo un rosal, como mudo testigo de las huellas de los humanos.

   Además de la ciudad, del ambiente de castigo que propicia el puritanismo, de la actitud desafiante y fiel a su territorio de Hester, del carácter dubitativo y débil de Dimmesdale, de la infancia arrebatada y recuperada de Pearl, de la brujería, encarnada por la señora Hibbins, hay un tema interesante: el de la mutación de lo negativo en positivo. Hace algunos años, el maestro Benjamín Morquecho, filósofo y literato de Pinos, Zacatecas, y fundador de la Unidad Académica de Letras, señalaba el carácter peculiar de los apodos. A quien le llaman “perro”, suele defenderse con todo ante la enunciación. Suele provocarle corajes y desencuentros permanentes. Pero hay un momento en que descubre que el apodo también le brinda una singularidad, ya no el aspecto peyorativo, sino la fuerza y la virilidad del perro. Entonces comienza a apreciar el apodo y a portarlo como un desafío, ya no como una marca infamante. Esto es más notorio en las sociedades primeras o en las experiencias fundacionales. Se da entre los espacios acusados de bárbaros frente a los civilizados. Es una manera de poner el mundo de cabeza o de descubrir el negocio del poder a través de la satanización.

   Hester sabe que no es culpable, por lo menos no de la manera en que la sociedad la ve. En los estratos bajos es una culpabilidad ciega, sin explicaciones, aunque tal vez ellos hayan llevado a cabo acciones peores. En la alta sociedad es una convención que ayuda a someter más al resto del grupo. Al principio, por supuesto que le incomoda llevar la “A” escarlata, pese a que esté hermosamente bordada. Después se da cuenta de que es el símbolo de un amor y de una fidelidad. En la confesión ante los pobladores, nunca dice quién es el padre de la criatura. Ése es su orgullo y su triunfo. De modo que llevará esa compañía a donde vaya. Al regresar a Massachusetts, una vez que ha puesto a salvo a su hija, podrá vivir con esa letra de orgullo, de realización, de triunfo pleno.

   La sociedad norteamericana se mueve en esa contradicción, no exclusiva de ella, pero que ha sabido explotar con creces. Lo mismo al sur que al oeste, avanzó con esos individuos que entre la generalidad y la singularidad, muchas veces hicieron de la proscripción su motivo de realización y crecimiento.

       

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