Opinión
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Bonilla y CorderoNatalia Vidales Rodríguez

Lo nunca antes visto

SemMéxico. Como si se tratase de una de las malas y delirantes comedias de El Guasón -hoy tan de moda por la película de la Warner Bros.- los bajacalifornianos empezaron este fin de semana un nuevo mandato gubernamental sin saber, a ciencia cierta, por cuanto tiempo: si de un año 8 meses; o de poco más de 5 años, en otra de las bromas pesadas de la 4T (pero de graves consecuencias). 

El gobernador electo de MORENA, Jaime Bonilla, se entronizó el viernes pasado bajo su propia ley, la llamada Ley Bonilla, una nueva disposición promovida por él mismo en la Legislatura local que le permitiría un periodo de cinco años, en vez del establecido previamente (tanto en la Constitución del Estado, como en la General de la República) por un lapso menor, con el propósito de empatar las elecciones locales con las federales (y como ya ha ocurrido en otros Estados,  en Veracruz, Puebla,  por ejemplos,  sin problema alguno).

Bonilla llega al poder de Baja California en un momento jurisdiccional y político   fríamente calculado por su equipo de litigantes, luego de esperarse para publicar su ley a la víspera de su toma de posesión como Gobernador del pasado viernes 1 de noviembre y, así evitar que alguna impugnación en su contra se resolviera antes de ese día y le impidiera acceder al cargo.

Tras la publicación de la Ley Bonilla, el PRI, el PAN, el PRD y Movimiento Ciudadanola impugnaron ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero el asunto se resolverá tras varios meses –tal vez un año- de trámites jurisdiccionales y, por lo pronto, la Corte resolvió que la ley sigue firme y denegó la petición de los quejosos de suspender la toma de posesión del gobernador electo hasta en tanto concluya la controversia (lo que se conoce como “palo” a la demanda). En consecuencia, el fondo del asunto -si es por un plazo o por otro- se resolverá mientras el Gobernador ya esté en funciones. Habrase visto.

Así las cosas, la población bajacaliforniana no saben cuánto tiempo tendrán al actual mandatario el frente del Estado, algo nunca ocurrido en ningún lugar de la República, y como una más de las novedades que trajo el nuevo gobierno federal, con todos los inconvenientes que ello le generará a la entidad.

La confianza inicial de la opinión pública de que la Ley Bonilla sería desechada, luego de que el Presidente López Obrador la tachara de “chicanada” (una argucia de litigantes para intentar salirse con la suya), ha desaparecido, cuando, el mismo viernes, se divulgó un video en las redes donde la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, enviada al acto por AMLO, aparece en exagerada camaradería con Jaime Bonilla, y diciéndole que la ley (Bonilla) perviviría, y que estaba en duda la legalidad de la demanda en su contra (ella misma el 23 de Septiembre pasado calificó a esa ley como obviamente inconstitucional. Y ahora resulta qué…).

La ya cada vez más probable extensión del periodo de Bonilla, se estima como una especie de sonda exploratoria para pulsar el ánimo ciudadano respecto de la   también eventual intención del Presidente López Obrador para reelegirse el 2024. 

Aunque el mandatario la ha negado, señalando que por eso está trabajando doble y hacer en un sexenio lo correspondiente a dos. Pero, por lo sucedido en B.C., con la víspera de la vigencia de la Ley Bonilla se está sacando el día para una “chicanada” ulterior en el gobierno federal (la apostilla sería la Revocación de Mandato tomada, a contrario sensu,  como Refrendo).

La reelección no es una entelequia de la oposición para golpear al Presidente, ni es un imposible conforme a nuestras leyes (ya vemos, además, que alguien como Bonilla, puede sacar  impunemente su propia ley): apenas ganada la Revolución Mexicana, que triunfó con la bandera de la no-reelección, el General Álvaro Obregón se reeligió en 1928 (y sin necesidad de litigar el asunto), simplemente  con la complicidad del Congreso de la Unión que se puso en contra del postulado revolucionario en aras de un  nuevo mandamás. Y Salinas iba a hacer lo propio, pero eventos no previstos (aunque previsibles) lo impidieron.

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