Opinión

Juan CárdenasAlejandro García/ ]Efemérides y saldos[

 

Que dizque estaban dejando mal paradas a las autoridades. A partir de allí era raro ver que los grupos de danzas folklóricas metieran números de esgrima, así fuera sólo como baile, porque la policía suspendía el espectáculo apenas veía aparecer un machete en el escenario.

Juan Cárdenas

En una tradición literaria en la que los grandes nombres han preferido mantenerse al margen de discusiones ideológicas, y en donde las grandes editoriales tienden a privilegiar historias urbanas, apolíticas y tibias, resulta extraño encontrar un libro que hable sobre la minga del Cauca, y hasta donde aparece la líder social Francia Márquez arengando “¡El pueblo no se rinde, carajo!”. 

Gloria Susana Esquivel

“Elástico de sombra” (Madrid, 2019, 110 pp.) de Juan Cárdenas (Popayán, Colombia, 1978) es la historia de un viaje de dos esgrimistas de machete en busca de los juegos de Sombra, entre lo que sobresale el Elástico de Sombra. Se trata de Sando, el maestro, y de Miguel, el alumno aventajado. A ellos se agrega Cero, el encargado de las relaciones con los grupos que serán visitados. Parten de la zona de Cauca, Colombia, y se moverán por esas zonas cercanas a las fronteras con Ecuador y Perú. El objetivo en realidad es un encargo: el maestro Luis Vidal ha muerto y ha confesado no tener el legado de los juegos mencionados, el testimonio escrito, de allí que ponga en la voluntad y la necesidad de Sando el ir por esa memoria sobre el arte supremo de los macheteros.

     Cero establece contacto con Iginio, a quien ayuda a lavar su chiva (camioneta). Allí suceden dos cosas muy importantes: Iginio, una vez que ha terminado su labor con auxilio del viajero, invita al trío a departir bebidas refrescantes. Y les cuenta su episodio de vida con Nubia, mujer hermosísima, pero bruja de alta factura, quien lo transforma en un hombre sin voluntad.

     Primero le comen a uno la voluntá, luego la gana, luego la fuerza y luego el seso; acaba uno sin saber distinguir lo verdadero de lo falso, lo que es arriba de lo que es abajo.

     Aprovechando que no sólo Cero ha hecho amistad con Iginio, sino que Miguel lo reconoce de sus viejos tiempos en Medellín, Sando sale al camino y se pierde entre los árboles. Allí se encuentra con el Duende, quien le sorprende con la novedad que don Luis no era de sus seguidores, sino del bando oscuro y que en todo caso el Duende tampoco tiene los testimonios de los juegos de Sombra. Así que el viaje que apenas inicia se complica aún más por la intrusión de El-Que-Ya-Sabemos.

     Siguen el camino, Sando va lleno de dudas, ¿quién mueve el pandero de la verdad: Luis, muerto, con su actuar en entredicho; El-Que-Ya-Sabemos, poderoso y perverso y siempre dispuesto a apoderarse del patrimonio machetero o el Duende que se quiere escurrir de la entrega de un legado que no le pertenece. Visitan a don Porfirio Ocoró, se ejercitan, especulan sobre lo que conocen y lo que conocieron nada más que de oídas. Así hacen saber al lector una vaga versión de los juegos de la sombra y del elástico de sombra.

     Ante el camino cerrado de encontrar documentación, la esposa del hospedador, doña Yazmín Góngora, les entrega una tela con un bordado y les sugiere que busquen a las macheteras de la Toma. El bordado tiene dos lecturas, una anecdótica, digamos; y otra, que la costurera apenas sospecha y que incluso los iniciados guerreros son incapaces de comprender a cabalidad. Son mensajes de una dimensión superior.

     En el camino encuentran los rastros orales de unas mujeres que han sido formadas en la esgrima. Si el arte de la guerra de los macheteros se ha convertido en susurros y relatos desarticulados, en historias vergonzantes de negros, en ejercicio de personajes marginales como ellos, en actos de mero adorno dentro de las manifestaciones cívicas, hay que ir a zonas muy señaladas donde lo primero a que se enfrenta el curioso es el silencio.

     Además de enterarse de que tales mujeres fueron formadas por el Duende, el cual respetó la prohibición de no instruir a hombres: lo hizo con mujeres y de esa manera le dio la vuelta al interdicto y conservó en la memoria y en la práctica el juego del machete, además de esa actualización los viajeros se separan y Sando y Cero son inutilizados por las fuerzas oscuras. Éste es víctima de los amores y los tósigos de Nubia, quien lo convierte en un cucarrón (escarabajo). Sando desaparece tras una pelea con un caballo que porta en sus lomos una gran pantalla de televisión. Cero le es entregado a Miguel en una cajetilla de cigarros. El último ingrediente es la aparición de la cauca, la organización de protesta social bien de los indígenas, bien de los negros. Se trata de toda una organización de lucha por “lo nuestro” y de defensa de los derechos y del físico ante los ataques de policías y fuerzas militares.

     Le sorprendió ver que los indios organizaban más bien una especie de complejo arquitectónico móvil, flexible y temporal, con grandes carpas, túneles y pasadizos hechos de materiales reciclados, divisiones espaciales delimitadas por fronteras naturales o artificiales, con usos distintos para reuniones sociales, acopio de recursos, zonas de descanso, centros de mando y estrategia, comedores, encinas y hasta guarderías infantiles.

     Acompañado por Yeison, Miguel topa con la luchadora social Francia Márquez y, sobre todo, con Fidelia Mina, la jefa de las macheteras de La Toma. La solución a su búsqueda no se encuentra en esos territorios donde el combate está en un punto alto. Deberá ir más allá, cruzar la zona de conflicto y viajar al punto señalado por Mina.

     En el camino Miguel crece como personaje, toma la estafeta que al principio del relato portaba Sando. Debe enfrentar la pobreza que lo priva de moverse hacia el lugar donde está su objetivo, para tal efecto usará al cucarrón en las plazas públicas, juntará dinero y estará frente al pago de una exhibición de sus artes guerreras que le urge un tal Simón. En realidad es una trampa, deberá enfrentarse a Sando, convertido en un zombi, una máquina ciega en el manejo del machete. Allí se desenlazan todas las acciones y necesidades del relato. Sando recupera la cordura y junto a Miguel, después de destruir al portador del mal con un sombrero fortificado con filosas navajas, van a la casa de doña Lucero Caicedo. Ella ha muerto, pero los recibe su hija Amalia y les entrega una serie de documentos que, por fin, satisface sus búsquedas.

     “Elástico de sombra” es un compacto relato que mucho tiene de estructura de relato mítico. Los personajes inician un viaje y van en búsqueda de algo que reparará una ausencia. Como al Hobbit, a Sando le corresponde el viaje inevitable que permitirá el rescate de la memoria de los macheteros del Cauca. Esos negros irredentos que estuvieron presentes lo mismo en las guerras por la defensa de Colombia que en la construcción de la carretera entre Quito y Cali, los mismos que fueron traicionados por los liberales, quienes una vez satisfechas sus ambiciones se retiraron del conflicto y los dejaron con el agua hasta el cuello, esos negros que mantienen en sus relatos orales la historia de los enfrentamientos entre fuerzas superiores y que brillan en la punta de los machetes bien a través de movimientos en los que el de Cauca se convierte en la sombra del enemigo, en su cara oculta, y ataca a la vez con machete que con armas cortas para ganar el combate. O ese extraño ejercicio que no va más allá de un triángulo, en donde el otro espera el ataque por la hipotenusa y es embestido por uno de los catetos. Todo en la oscuridad, porque los macheteros de Cauca aprovechan el no ver para ser efectivos y letales.

     Ese combate entre fuerzas del bien y del mal, esos combatientes valerosos, tienen ahora la necesidad de defenderse en los caminos, en los bosques, en los valles, ante la opresión y el abuso del blanco que nunca ha cesado. El viaje se convierte en una serie de pruebas que tiene que superar Miguel, el machetero emergente cuando el octagenario Sando salga de la vida.

     “Elástico de sombra” es además la presencia de toda una realidad rural que se ha marginado o infravalorado en la literatura posterior al endiosamiento de la ciudad y los espacios urbanos. Si bien este tipo de relato tuvo una alta resolución en narraciones del denominado realismo mágico, ya vía García Márquez o Carpentier, si bien tuvo un momento de consolidación en la obra de José María Arguedas y Augusto Roa Bastos, no dejó de pasar al terreno de lo arcaico o de lo ajeno a la literatura e incluso a lo superado sin retorno. Esta novela de Juan Cárdenas nos regresa a ese gran sabor de mundos rurales, sumergidos, marginales. Y lo hace con un gran dominio del lenguaje y de los elementos narrativos.

     ¿Saben con quién se están metiendo? ¿Ustedes saben quién es don Simón? ¿Ustedes saben quién es la familia de don Simón? ¿Saben con qué apellidos se están metiendo?

     A lo que don Sando respondió con absoluta calma: Claro que lo sabemos y no es la primera vez que los macheteros del Cauca venceremos al Diablo. ¡Timbutala.Timbutala-Timbutala!

     Y al sonido  de esta palabra mágica repetida tres veces, los dos maestros de esgrima desaparecieron en el aire oscuro

     Uno puede ver la transformación de Cero en cucarrón y asistir a su exhibición de suertes en la plaza pública para obtener dinero que les garantice el fin de la aventura. Uno puede ver la belleza portentosa de la bruja y sus acciones de metamorfosis o tomar partido por el Duende o por El-Que-Ya-Sabemos. Lo importante es que se satisfaga la necesidad de ese trío en busca de su memoria, lo que garantiza la supervivencia del machete mucho más allá de su fama denigrante de sangre y riñas. Y es la presencia de los negros, de sus historias, de sus aspiraciones y de los obstáculos que impiden su libertad y nada más.   

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