Opinión

William GoldingAlejandro García/ ]Efemérides y saldos[

Caminaron juntos, como dos universos distintos de experiencias y sentimientos, incapaces de comunicarse.

―¡Si lograse atrapar un jabalí¡

―Volveré para seguir con el refugio.

Se miraron perplejos, con amor y odio. El agua salada y tibia de la poza, y los gritos, los chapuzones y las risas fueron por fin suficientes para acercarles de nuevo.

William Golding

Existe un resto de salvajismo oculto bajo la superficie, sometido a control únicamente en las circunstancias adecuadas. Suprímanse tales circunstancias, y los muchachos se convertirán en seres amorales, viciosos, caóticos, asesinos. Lo que Golding quiere dar a entender es que las instituciones y el orden, cuando vienen impuestos desde fuera, tienen carácter temporal, pero que la irracionalidad en el hombre, su ansia de destrucción, son permanentes.

Frederick R. Karl

“El señor de las moscas” (Barcelona, 2012, Edhasa, 285 pp.) de William Golding apareció en 1954. Es uno de esos libros que, como “La peste”, aparece y reaparece en situaciones de crisis o de enrarecimiento. Una pandemia como la actual, con un prolongado aislamiento y con una cifra de muertes que aumenta día con día, brinda campo fértil para contrastar los símbolos dentro de las obras de este escritor. En nuestro idioma suele tener épocas de lectores entre el gran público y otras de autor de culto.

     En tiempos de definiciones ideológicas o de búsquedas formales Golding aparece como un escritor incómodo, sobre todo si le lee como un practicante de la alegoría y la parábola, vecinas cercanas. No está distante el trato ambiguo de los círculos literarios que proporcionaron a Tolkien y a Lewis los amantes de las reglas del género y maltratadores de los llamados, por encima del hombro, subgéneros . Y suena paradójico, pero por momentos es el lector de masas el que sostiene sus obras en la memoria colectiva y en el patrimonio literario.

     La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1983 a William Golding nos permite apreciar la escasez y la diversidad de los autores ingleses merecedores de tan magna distinción. Sólo cinco nacieron en Inglaterra (Galsworthy, Russell, Churchill, Golding y Pinter) y dos de ellos son más conocidos y reconocidos como filósofo uno y como político otro. Los seis restantes nacieron en otros países: Kipling en la India, Eliot en Estados Unidos, Canetti en Bulgaria, Naipaul en Trinidad y Tobago, Lessing en Irán e Ishiguro en Estados Unidos. Todos aparecen en la lista como de Reino Unido. Once es una cifra importante, pero empalidece frente a los doce concedidos a Estados Unidos (¿el nuevo gigante literario de lengua inglesa?) y los quince a Francia (por supuesto, los irlandeses se cuentan aparte).

     La novelística de Golding recibe con el Nobel un reconocimiento institucional importante, pero la diversidad de sus lectores es la que le ha permitido una presencia importante, a ratos conjunta, a ratos atomizada, lo que tal vez no sucede con Galsworthy, por lo menos en su presencia entre lectores de lengua española. Tal vez Golding no tenga la obra de ruptura formal de Woolf, o de ruptura temática de Lawrence y Huxley; tal vez no tenga la fuerza dramática y existencial de Greene, Orwell y Lowry; tal vez tampoco sea capaz de construir un universo a la altura de Tolkien; pero tiene esa gran capacidad para convertir sus historias en una literatura sin adjetivos, para ir de los márgenes de lo indeterminado, del subgénero a la literatura sin adjetivos.

     En pleno inicio de la guerra fría, pudo verse como un escapista. El problema es que también escapa a todos los intentos clasificatorios. Si pensamos en “El señor de las moscas” como una parábola, la dimensión didáctica se niega siempre al afán constructor o adecentador del hombre. ¿Desde la positividad, qué podemos hacer con el género humano si los niños recurren a la violencia en cuanto desparecen los soportes civilizatorios? Desde la negatividad: ¿Qué maldad puede tener sentido deconstructor si los niños y jóvenes se pierden lo mismo en la reflexión que en su antípoda? Los adultos están en guerra y los niños aprenden a hacerla apenas se despliegan por la isla en que caen. Vamos, la enseñanza en la novela es una papa caliente, contra-enseña, indomesticable siempre.

     Consecuencia de un accidente, los niños caen a una isla desierta, despiertan, deambulan, se juntan en pequeños grupos, dos de ellos, Ralph y Piggy se encuentran una caracola y la convierten en símbolo de poder. El que tiene la caracola puede hablar. El que la administra es el jefe. Se provoca la primera división importante: los que quieren asentarse, construir refugio y mantener una fogata permanente que sirva de señal a quienes seguramente vendrán a buscarlos o a los barcos que cerca de esa isla pasen y los que prefieren ir por toda la isla y encuentran una vocación de caza. Esto nos remite a la vieja división entre sedentarios y nómadas y a la no menos vieja polémica entre salvajes y civilizados. Pero vamos, si estamos hablando de niños, a lo más de jóvenes, qué sentido tiene ensuciar o comprometer al futuro de la humanidad? El caso es que la violencia aparece y se propaga pronto. En sentido contrario al relato de la tradición, el nomadismo se impone, claro hasta que aparecen los emisarios del mundo que habían abandonado. No sabemos el mundo que enfrentarán, pero todo indica que irán bien preparados para lo que se ofrezca.

     Los dos elementos que le dan densidad al relato son el sacrificio del jabalí y su cabeza ensartada en una pica como ofrenda para la bestia. Las moscas son sus adoradoras, como muy probablemente lo serán esos niños una vez que acaben de ser incorporados al medio. El otro se correlaciona, es la caída del paracaidista (signo de un mundo en guerra), su vaivén entre las copas de los árboles y que le da sustento a la historia de una bestia que destruirá a quien se le ponga enfrente. Esta bestia es representante de ese mundo que los niños han dejado, que muy probablemente esté destruido de manera irreparable.

     Ralph y Jack resultan seres humanos de acción, ellos dos hacen cosas, organizan a los otros, tienen carisma y por lo tanto seguidores. Ralph tiene la caracola y eso hace la primera diferencia. Jack, desposeído, deberá moverse, desafiar a Ralph de manera alternativa. Piggy acompaña al líder. Es la voz racional. Piensa y trata de resolver cosas. Su físico y sus atributos no lo ayudan: es gordo, torpe para las manualidades, y corto de vista. Sus gafas se convertirán en instrumento y botín: permitirán, sus lentes, generar el fuego. Éste será importante para producir humo, señal de existencia, que sirva de señal a algún barco que por el mar transite, y el fuego permitirá tener cocinar carne, el momento de reposo de los cazadores.

     Si Ralph y Jack forman una pareja complementaria que abarca la totalidad del relato, habrá que decir que tienen adentro otro par: Piggy y Simon. Piggy examina las cosas, las analiza y propone soluciones. Parte de su breve experiencia de vida se vuelca en sus reflexiones. Es la voz de la conciencia o trata de ser la conciencia del grupo, tanto en lo que a problemas morales y éticos se refiere como a la instrumentalización del pensamiento para resolver los problemas que se les presentan. En una situación en que el mundo de las comodidades ha desaparecido y con ellas las instituciones que regían sus actos, su voz suele ser provocadora y muchas veces molesta. Se relaciona con Ralph, trata de influir con él, pero teme a Jack y a sus testaferros, con ellos es imposible siquiera hablar.

     Simon es la voz de la inconsciencia o del instinto. Esto suena raro, porque si algo surge en la novela es el predominio del instinto. Pero Simon es la verbalización de esa consciencia y de ese instinto, hasta donde es posible. En el juego de complementariedades Piggy estaría más cerca de Ralph y, por necesario equilibrio, Simon de Jack. Esto sólo es en tanto que las situaciones rebasan a los personajes y emerge una fuerza que se va imponiendo, la violencia, el resentimiento.

     Simon puede convivir con Ralph e incluso sentirse muy cercano a él, pero se introduce al bosque, sube a la cumbre, tiene un diálogo enfebrecido con el señor de las moscas, la cabeza del jabalí empalada, y descubre que la bestia no es tal, es un paracaidista que ha quedado atrapado en las copas de los árboles, en donde se mece, se pudre y provoca la oleada que se tornará verbal: la bestia está en la isla. Simon no puede con todo lo anterior. Prácticamente delira en la soledad de su inútil búsqueda, escapa a la mirada, primero y a la comprensión, después de los niños de la isla. Su muerte es un misterio. En apariencia muere aniquilado por el peso de sus cargas mentales, pero alguien dirá que no fue un accidente.

      Piggy también muere, golpeado y empujado al mar por una enorme roca que ha deslizado Roger. Es la misma roca que destruye la caracola. Los salvajes se han apoderado de las gafas, las productoras del fuego. La racionalidad ha terminado. A partir de allí, Ralph vivirá escapando, en plena negación de su amor al sedentarismo y estará a punto de ser atrapado cuando llega un marinero del mundo anterior a reírse un poco por lo subido de tono de los juegos de esos niños.

      La roca dio de pleno sobre el cuerpo de Piggy, desde el mentón a las rodillas; la caracola estalló en un millar de blancos fragmentos y dejó de existir. Piggy, sin una palabra, sin tiempo ni para un lamento, saltó por los aires, al costado de la roca, girando al mismo tiempo.

Simon se adentra en la oscuridad, palpa ese mundo salvaje que han abrazado Jack y su tribu. Desde su aparente confusión, separa los niveles del culto al señor de las moscas y el terror de la bestia, sabe que la Bestia es el tránsito del miedo al terror, lo corrobora, pero se trata de una bola de nieve que va del rumor a la historia admitida como real.

     ¿Por qué no vas a jugar con los demás? Creen que estás chiflado (…) No hay nadie que te pueda ayudar. Solamente yo y yo soy la fiera (…) O si no ―dijo el señor de las moscas― acabaremos contigo. ¿Has entendido? Jack, y Roger, y Maurice, y Robert, y Bill, y Piggy, y Ralph. Acabaremos contigo, ¿has entendido?

De modo que esa pareja Piggy-Simon muestra los dos formantes de la mente: el racional y el irracional. Los dos fracasan y son destruidos. El hombre se queda a merced de la violencia. Ralph es el protagonista, en él se combinan la racionalidad de Piggy con el hombre de acción de Jack y al final del relato se acerca al mundo de peligro, persecución y riesgo que nos mostró Simon.

      En “El señor de las moscas” encuentra uno dos grandes ecos: la historia de Caín y Abel, sobre todo en lo relativo al encono que surge entre los niños, fraternos viajeros caídos en desgracia. Ausentes los padres, como Adán y Eva, desarrollan el antagonismo y luchan por el poder, los nómadas consiguen el alimento, los sedentarios construyen los refugios y el punto de auxilio. Llegan a las manos, sin una historia que les prometa el futuro, sin una divinidad que premia y castiga, pronto se quitan la ropa de ciudad y los hábitos de progreso dan lugar a los de un pasado no vivido. En su paso por la isla han experimentado todos los supuestos brincos de la especie, pero todo indica que lo han hecho de adelante hacia atrás. En todo caso, dentro de la línea del tiempo que los delimita han sido prestos para quitarse la máscara, abandonar los buenos y correctos modales y darle rienda suelta a la ley de la selva. La teleología no aparece por ningún lado.

      El otro eco es el de la novela fundadora de la modernidad literaria: “Robinson Crusoe” (1719). Los niños no son hábiles creadores de un mundo que reproduzca el que han dejado en esa isla desierta. O sí, sólo que se trata de la reproducción de la violencia y de la supremacía de unos sobre otros. Golding se acerca a ese núcleo humano marginal o inapreciado que son los niños y los jóvenes. Un buen número de ellos habían muerto en la década anterior en los campos de guerra o en los campos de concentración. Les habían enseñado a matar de acuerdo a un honor o a valores que les habían inculcado, los cuales no los salvaron de la muerte. Los personajes de “El señor de las moscas” aprenden a vivir, muy cerca del juego (“Qué es mejor, la ley y el rescate o cazar y destrozarlo todo?”), un juego que se torna fúnebre y sin metas y que destruye al hombre.

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