DSC 0114 scNarra todo lo que pasa alrededor del feminicidio de su hermana menor

Diana Hernández Gómez / Cimacnoticias

Somos ellas en el pasado, y somos ellas en el futuro, y somos otras a la vez. Somos otras y somos las mismas siempre. Mujeres en busca de justicia. Mujeres exhaustas, y juntas. Hartas ya, pero con la paciencia que sólo marcan los siglos. Ya para siempre enrabiadas.

–Cristina Rivera Garza, El invencible verano de Liliana

Una de las teorías literarias más famosas es aquella que postula que todo documento de cultura es un documento de barbarie. Libros, películas, costumbres, danzas, expresiones cotidianas propias de comunidades o de países enteros… absolutamente todo da muestra de procesos culturales y sociales que están muy lejos de lo estético y se acercan más a lo salvaje, a lo que no quisiéramos nombrar como humano. Como los feminicidios.

En El invencible verano de Liliana (Literatura Random House, 2021), Cristina Rivera Garza narra todo lo que pasa alrededor del feminicidio de su hermana menor. Pero ese “todo” no se reduce al momento de una muerte, sino que se extiende desde los recuerdos de la infancia hasta un futuro que Liliana no alcanzó a presenciar pero que se configura a partir de su ausencia.

Esta ausencia no dejó a Liliana sin voz. En su obra (que no me atrevo a llamar novela porque nada en ella me parece ficticio), la escritora mexicana recupera apuntes y cartas que su hermana les enviaba a ella, a sus familiares y a sus amigos. Sin embargo, estas páginas no sólo funcionan como un recurso narrativo: son parte de aquello que nos ayuda a reconstruir la vida de Liliana Rivera Garza.

¿Cómo era ella? La respuesta será distinta para cada lector, pero, para mí, Liliana era una mujer libre con esa potencialidad que habita en todas nosotras. Era libre para decir lo que pensaba, para estudiar lo que quisiera aprender y para salir con quien ella deseara. Y provoca un dolor inmenso pensar que esto puede costarnos la vida.

EL PATRIARCADO QUE NOES ACECHA

Liliana Rivera Garza tenía 20 años cuando la asesinaron el 16 de julio de 1990. El feminicida, Ángel González Ramos, se dio a la fuga con una orden de aprehensión a cuestas.

La clasificación del delito por el que inculparon a González Ramos fue “homicidio simple”, pues en ese año todavía no había una tipificación para los feminicidios. Pero, desde entonces, muchas cosas han cambiado de la mano del movimiento feminista.

Liliana comparte el protagonismo con dicho movimiento en el libro de su hermana. A lo largo de las 302 páginas que conforman El invencible verano…, Cristina Rivera Garza también escribe sobre episodios que muchas recordamos porque forman parte de nuestro doloroso presente, un presente en el que el patriarcado nos acecha en todo momento.

Algunos de estos episodios son la manifestación de 2019 tras el abuso de una menor por parte de policías de Azcapotzalco y la ola de señalamientos contra académicos e intelectuales que surgió tras el #MeToo. Pero quien diga que el feminismo sólo se trata de manifestaciones no sabe nada sobre el movimiento de las mujeres. Porque, si algo deja claro la obra de Rivera Garza, es que nuestra resistencia no sólo consiste en alzar la voz sino en hacer lo necesario —y todavía más— para encontrar la justicia.

En 2019, Rivera Garza emprendió esta búsqueda e intentó rastrear el caso de Liliana en la inmensidad del sistema judicial mexicano. Sin embargo, el laberinto de las fiscalías hizo de esta una labor complicada. De ahí la necesidad de crear un archivo propio a base de apuntes, cartas, testimonios y recuerdos de lo que era Liliana, de lo que Ángel González arrebató de este mundo.

HAN PASADO COSAS

En una de sus cartas, Liliana Rivera escribió: “Han pasado cosas, no sé si muchas o pocas, pero son grandísimas”, y estoy segura de que repetiría estas palabras al saber todo lo que han hecho su hermana y otras mujeres: las marchas, las colectivas, los acompañamientos. Sin embargo, en el fondo de la sociedad mexicana hay muchas cosas que parecen inamovibles.

En este sentido, El invencible verano de Liliana es un recordatorio de lo que se resiste a cambiar pero también de lo que puede transformarse incluso desde el discurso. De ahí la importancia de nombrar y colocar en un lenguaje claro y bien pensado no sólo las violencias y los agresores, sino también el mundo que se extingue bajo sus sombras. Sólo así podemos mirar de qué hablamos realmente cuando decimos “muerte”, “amor”, “justicia”.

Me atrevo a decir que las páginas de este libro nos reflejan en muchos sentidos, y que justamente por eso es difícil hablar de él como si se hablara de una ficción. Transitar sus letras es transitar lo mismo que sucede fuera de ellas, y hacerlo es percibir que algo dentro de una se rompe, pero sólo se quiebra para dejar salir la rabia y la fuerza colectiva.

Este es un libro que habla de Liliana, de Jessica, de Luz Raquel, de Pilar Argüello, de Debanhi y de muchas más. Es un libro que habla de feminismo pero también de la memoria, esa herramienta que nos permite nombrarnos… y luchar.

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